¿Color o blanco y negro? Fotografía de Dorothea Lange de una madre, con expresión triste, con dos hijos que ocultan su rostro, en la gran depresión en Estados Unidos.
©Dorothea Lange

“¿Cómo os gusta más? ¿En color o en blanco y negro?”

Un clásico de las preguntas que podemos encontrar asociadas a las fotografías que se publican en redes sociales. Y una constatación de hasta qué punto la popularización de la fotografía crece pareja al desconocimiento de la misma. De lo que es, de cómo se crea, de los elementos que la conforman y la función de cada uno de ellos. 

De saber, en definitiva, fotografiar.

Como siempre digo, y defiendo, cada uno hace con sus perfiles en redes sociales y con sus imágenes lo que le da la gana. No seré yo, en contra de la tendencia actual, el que le diga a nadie lo que puede hacer o dejar de hacer. Mucho menos imponerles mi criterio como medida básica universal de nada. 

Pero que respete la libertad de elección de cualquiera no quiere decir que esté de acuerdo con lo que hace o con sus creaciones. 

Más fotógrafos, menos conocimiento fotográfico

Y lo que le sucede a la fotografía, cada vez más, por desgracia, es que la democratización del acceso a cámaras, más potentes y baratas, combinado con el crecimiento de las redes sociales y el ruido (tóxico) que se genera en ellas, se ha acabado concretando en la imposición de unas corrientes creativas y de pensamiento extremadamente superficiales y adanistas. Y esto, ha dado cada vez más visibilidad a una fotografía, más o menos estética o bonita, incluso funcional y eficiente,  pero absolutamente vacía de contenido.

Aparentemente comprometida pero sin sustanciar su implicación más allá de las propias redes sociales y las autodefiniciones rimbombantes. La preocupación es la construcción de la imagen no la generación de la obra. Y esta, a lo sumo, es entendida como una capa más de la forma, de la estética. Jamás como densidad de contenido.

Pero, retomemos el ruido de las redes. Primero para dejar claro que ni estoy en contra de ellas, tengo perfiles en varias y las uso a diario, ni creo que todo lo que sucede allí es malo. Lo que pasa es que, como en cualquier sitio en el que se reúna mucha gente, los que se hacen notar son los que más gritan, los que cuentan con la intimidación del contrario como modo de conversación habitual. Y, no descubro la rueda, cuando digo que este tipo de gente suele tener un nivel cultural paupérrimo.

Y ojo: que eso no es incompatible con tener estudios. El aprendizaje, especialmente en España, es pura mecánica nemotécnica. Así que no es extraño encontrar titulados, con masters incluidos, que de lo que estudiaron en su momento, apenas guardan recuerdo y no tienen más conocimientos ni curiosidad por adquirirlos. A veces, incluso, el analfabetismo selectivo es militante y orgulloso.

Por no hablar de la mala (inexistente en realidad) gestión de los recursos intelectuales propios. Quiero decir con esto: que una formación escasa puede ser compensada por una gestión del conocimiento propio hábil y creativa. Lo que se aprende, si no se gestiona apropiadamente, es como esas enciclopedias que se compran a metros y con lomos que conjuntan con los colores de los muebles del salón: inútil.

La gente inteligente raramente se mete en discusiones on line (saben que no van a ninguna parte) y los creativos no gritan ni se auto alaban. Ocupan su tiempo pensando y generando contenido valioso… O, al menos, lo intentan sinceramente.

Dicho esto: lo que generalmente trasciende en las redes es un posicionamiento simple, ignorante y adanista. Y, como todo lo que se impone allí, acaba convirtiéndose en moda en el mundo real. El problema con los seguidores de estas modas es que, por una parte, las siguen ciegamente por miedo a perder un supuesto tren de la modernidad. Y, por otra, no se paran, por la misma urgencia dicha, ni un segundo a pensar en lo que hacen ni contemplan la posibilidad de que se pueda dar un paso fuera de esa “zona segura” que es la corriente imperante.

Digámoslo de manera clara y breve: La imitación sin reflexión hace que la mediocridad se extienda como un chorro de aceite en un vaso de agua.

Un género convertido en filtro de app

Volviendo a la fotografía y a la pregunta con la que comenzaba el post,  “¿Cómo os gusta más? ¿En color o en blanco y negro?”, esto genera aberraciones como el hecho de que el blanco y negro ha pasado a considerarse, en el entorno de estas “corrientes imperantes”, cada vez más, un filtro, un efecto, un automatismo del programa de edición de turno. No lo que realmente es: un estilo. Incluso un género dentro del lenguaje fotográfico. Como la poesía, la prosa o el teatro lo son de la literatura. Y la banalización que representa la pregunta no es más que una pérdida de respeto a ese género. Como estos poetas de Instagram que más que poesía parecen estar reciclando líneas aleatorias de libros de Paulo Coelho. 

Por usar un ejemplo gráfico y, aunque parezca exagerado, muy cercano a lo que pasa actualmente en la fotografía: hay mucha, demasiada, gente intentando escribir sin haber aprendido, antes, a leer. 

Mucho autodenominado fotógrafo que se sabe los tutoriales de YouTube, Instagram o similares. Pero que es incapaz de leer una imagen, de analizar los elementos de valor añadido que la hacen mejor que otra similar. Como esas fotos de Emilio Morenatti en Ukrania en localizaciones en las que compartía espacio con más fotógrafos. Mismo tiro, misma escena. Pero las imágenes de jefe de fotografía de AP siempre eran mejores. 

¿Por qué? Porque Emilio jamás dispara sin pensar. Siempre con una idea narrativa en mente. No de la secuencia inmediata; si no de lo que ha ido a hacer allí y como quiere contarlo.. 

Tampoco se han parado ni un segundo a reflexionar sobre el proceso de creación. Sobre lo que hace falta antes de presionar el disparador de nuestra cámara. Repito, para los que solo retienen, y con esfuerzo, su propio nombre, que esto que escribo, en realidad el blog y la web, no hablan de fotógrafos ocasionales o recreativos. Aquí se habla de creativos, de fotografía con contenido o, al menos, con deseo de tenerlo. No todo el mundo alcanza la excelencia. Pero, al menos, reconozcámonos en el esfuerzo por no dejar ese camino. 

Decisiones que llevan al color o al blanco y negro

Sigamos adelante con el post. El clic, en el disparador de nuestra cámara, que genera la fotografía, que deberíamos haber imaginado antes, no es más que el final de un proceso lleno de decisiones que, al igual que los golpes de cincel de un escultor en su bloque de mármol, van traduciendo una idea en nuestra cabeza en una fotografía. 

En primer lugar de esas decisiones, siempre deberíamos colocar la idea que genera el impulso fotográfico. Sea esta una concreta o un concepto genérico. Podemos querer contar una historia o mostrar una idea. Pero este debería de ser el cimiento de la fotografía que, de momento, solo existe en nuestra imaginación. 

Sobre la idea clara podríamos empezar a construir un armazón técnico: ¿Que tipo de lente necesitamos para traducirla? ¿Qué elementos va a incluir nuestro encuadre? ¿Será este más abierto o más cerrado? Perspectiva y ángulo ¿queremos una visión personal y subjetiva o un mensaje frío y aséptico? ¿Necesitamos profundidad de campo o centramos el foco en un solo elemento?…

Y una vez trazada la malla técnica ya podríamos empezar a reflexionar sobre los aspectos estéticos y creativos que compondrán la narrativa visual. ¿Mejor luz natural o artificial? ¿Flash o continua? ¿Dura o blanda? Los elementos que ya hemos decidido antes que están en el encuadre… ¿Qué disposición interna les damos? ¿Serán importantes las texturas o el mensaje debe apoyarse en otros aspectos?

Si hemos recorrido este camino a estas alturas no debería de ser complicado empezar a visualizar nuestra idea en forma de fotografía… y, en consecuencia, tener claro si lo que queremos contar se beneficiará del color o de la ausencia del mismo. 

¿Qué dicen nuestras fotos en color?

Si optamos por el color podremos “guiar” la mirada del espectador a través de los colores que, de manera instintiva, primero llaman nuestra atención: los tonos cálidos, principalmente rojos y naranjas. Nuestro ojo siempre ordena su recorrido en base a los tonos, la luz y la saturación de los colores.

Y justamente esta última característica, puede ayudarnos a dar un barniz de temporalidad a la composición. Porque todos tenemos, aunque no sepamos ubicarlo correctamente en un calendario, fijado en nuestra memoria el tono pastel y pictórico de las primeras imágenes en color, o los apagados que les sucedieron cuando mejoró la técnica de captación del color. O los saturados de los 70 y 80… La saturación, como vemos, es un elemento, no sólo de guía visual. También lo es de ubicación temporal y, en consecuencia, de narrativa fotográfica. 

De hecho la llegada, en 1935, de las películas Kodachrome, el primer carrete realmente en color, significó un giro claro en el discurso narrativo de muchos autores. En estas películas se captó la mítica “Niña afgana” de Steve McCurry

¿Qué dicen nuestras fotos en blanco y negro?

Por contra, si decidimos prescindir del color, las decisiones narrativas son diferentes. La ubicación temporal que da el color desaparece. De hecho lo que suele transmitir el blanco y negro es una cierta atemporalidad. Lo que hace necesario incluir, si se quiere esa ubicación temporal, elementos en la composición que la marquen. La guía visual del espectador también es diferente. En este caso se basa en la variación de la intensidad del contraste. Cuanto más contrastado más atractivo será para nuestra mirada. Y, en consecuencia, lo primero en lo que se fijará nuestra mirada.

Un ejemplo de lo poco baladí que es la elección del color o Blanco y Negro la encarna Robert Cappa. Sin duda uno de los mejores fotógrafos bélicos de su época y un maestro en el uso del blanco y negro. Pero, cuando intentó abrir nuevos caminos en su discurso visual y adoptar la fotografía en color… no lo consiguió. En sus propias palabras: “Jamás conseguí nada mejor que una postal para turistas”.

No todo el mundo puede aprender varios idiomas y, mucho menos, dominarlos como un nativo.

¿Por qué hay que tener clara la decisión?

Las reseñadas anteriormente no son todas las decisiones posibles, pero si algunas de las principales. Nada debería ser casual en nuestras fotografías. 

¿O es que alguien vería normal que un escritor, que se llamara a sí mismo artista en sus redes sociales, creara sus novelas dejando caer palabras en un papel? Y que, al igual que estos fotógrafos, subiera dos imágenes a alguno de sus perfiles. A la derecha las palabras tal cual han caído por primera vez. A la izquierda las mismas palabras pero después de aplicarles un algoritmo de “reordenación sintagmática”… Y, ya esperáis esto, preguntara: ¿Mejor el texto de la izquierda o el de la derecha?

Habría que devolver, al fotógrafo y a este supuesto escritor otra pregunta: ¿Qué es lo que querías decir? y sumarle: ¿Hay una idea detrás de tu creación?

Lo normal es que ni tenga nada que decir ni haya una idea detrás.

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Carlos
Carlos
4 meses

Gracias! Como siempre otro gran post cargado de razón y lo más importante, de razones.

Rafa Barrios
4 meses

Muy interesante porque no solo se habla aquí de fotografía o el tema técnico y estético propuesto; sino también de «cómo se comunica» la fotografía como cosa creada y difundida. Bien por esa crítica y análisis (continuos en tus textos) hacia las redes sociales, que, en definitiva, es como vemos gran parte de las fotos que «consumimos» a diario. Hablar sobre esto también es necesario para afinar el gusto.

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