Pornografía y arte. Yakuza tatuado, de espaldas, manteniendo relaciones sexuales, de rodillas, con una mujer, oriental, acostada en el suelo.
© Nobuyoshi Araki

Supongo que un buen grupo de gente en cuanto haya leído las palabras “pornografía” y “arte” en el título ya habrán decidido, primero: que son incompatibles y luego, mal, sobre el contenido sin leerlo. No voy a aventurar los juicios, pero no me cabe la menor duda de que ha sido así. 

Desde que se tiene constancia de la primera representación de una imagen pornográfica , que según la RAE , en su primera acepción, es la presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación, se ha apartado, en occidente, este tipo de manifestación creativa del grupo de actividades que se podían considerar arte.  

Si había exhibición de desnudez solo se podía conseguir esa consideración si se limitaba al erotismo , que, de nuevo, según la RAE, es la exaltación del amor físico en el arte.

No es difícil ver que la separación entre ambos conceptos es fina, por no decir difusa. A pesar de que normalmente la diferencia se establece entre la sugerencia del acto erótico (erotismo) y la ejecución clara del mismo (pornografía).

Vamos a lo práctico. La mayoría de las personas a las que enseñemos una imagen, o una reproducción de la Afrodita de Cnido esculpida por Praxíteles la considerará, como mucho, una escultura erótica. Ni mucho menos pornográfica. Pues bien. No solo es la primera representación, de la que se tiene constancia, de una mujer completamente desnuda, a tamaño real, en el arte griego, un hito que estableció el canon de las proporciones en el desnudo femenino durante siglos, su impacto fue tal que no se permitía verla en solitario por temor al efecto que su visión pudiera causar a una persona sola. Hay innumerables historias sobre hombres que se enamoraron de ella. 

Como la, históricamente cierta, del rey Nicomedes I de Bitinia que se ofreció a pagar la deuda de la ciudad de Cnido a cambio de esa estatua. Por supuesto, los habitantes se negaron a ello. Aunque quien llegó más lejos, si damos verosimilitud al relato de Plinio el viejo, fue un joven de la propia ciudad que llegó a “mantener” relaciones sexuales con la estatua a tenor de las manchas de semen que se encontraron sobre ella cuando lo descubrieron saliendo una noche del templo en el que estaba esta Afrodita. 

El efecto que causaba esta estatua en su admiradores parece encajar mejor dentro de la definición de pornografía que en la de erotismo. Aunque desconocemos, en absoluto, si Praxiteles tenía esa intención cuando culminó su obra. Que, por cierto, fue destruida durante la revolución de Nika y solo se puede admirar ahora a través de las múltiples reproducciones que se hicieron a posteriori.

El tiempo parece dar una pátina de “respetabilidad” a casi cualquier cosa. Incluso a los frescos y mosaicos que se han encontrado en los 35 prostíbulos de Pompeya y Herculano. 

De ellos Martin Kemp, profesor emérito de historia del arte en la universidad de Oxford y uno de los mayores expertos en Leonardo Da Vinci, dice que: “Es clara la línea donde termina la pornografía y comienza el arte. Si uno se fija en los frescos fueron obras de grandes artistas. Si uno va hoy a un burdel de cualquier ciudad nunca esperaría ver allí expuesto el trabajo de un renombrado artista contemporáneo”.

El profesor Kemp marca una frontera entre la pornografía y el arte. Pues bien, habría que hacer dos “pequeñas” consideraciones. La primera es que la calificación de “grandes artistas” se hace con la perspectiva de siglos. No hay firma y no sabemos el estatus, como pintores, que tuvieron en vida los autores. Como tampoco sabemos si el autor de lo que vemos en un club, hoy en día, acabará siendo un Mapplethorpe. La segunda es que seria apropiado hacer un pequeño repaso a lo que incluye el arte encontrado en los burdeles de Pompeya y Herculano: prostitutas masturbando a sus clientes, parejas homosexuales, tanto hombres como mujeres, manteniendo relaciones sexuales, el dios Príapo pesando su pene, gigantesco, en una bascula… Para Kemp todo esto, claramente pornográfico, entra en la categoría de arte. Pero sigue insistiendo en marcar una frontera entre una cosa y la otra.  

Y no se trata de discutir a alguien que tiene una trayectoria más que contrastada. La intención de todo lo expuesto hasta ahora es plantear una reflexión: ¿La pornografía “per se” es opuesta al arte? o como le pasa a cualquier tipo de representación: ¿cabe la mediocridad y la basura junto al arte dentro de un mismo estilo? ¿Manejamos una clave artística o una clave moral?

Hablemos de ello. 

Este rechazo a la pornografía desde los ámbitos supuestamente artísticos es vieja, incluso ancestral. Nació con el catolicismo y, con diferentes niveles de influencia, ha continuado hasta la actualidad. Aunque, en estos últimos años, el rechazo ha crecido de manera preocupante. Ya no se limita a un posicionamiento de los especialistas, e interesados, en arte. Ahora es un arma que se utiliza para imponer un “neopuritanismo” que se extiende camuflado como movimientos progresistas modernos… Desgraciadamente no son más que movimientos de analfabetos funcionales a los que las redes sociales y los medios han dado un altavoz que nada tiene que envidiar a las siete trompetas del apocalipsis.

Este mes de septiembre, de 2020, a una estudiante se le prohibió la entrada al museo de Orsay por llevar un escote que las empleadas de la taquilla consideraron impropio. No se puede obviar que el propio museo pidió disculpas a posteriori. Pero eso no aclara si la negativa de las empleadas de taquilla responde a una iniciativa particular o a una instrucción interna del museo de la que luego, a la vista del revuelo causado, decidieron dar marcha atrás. 

Un poco más atrás, en 2017, Mia Merril pidió al MET de Nueva York que retirara el cuadro de Balthus: “Teresa soñando” porque lo consideraba ofensivo. La petición argumentaba: “Dado el reciente clima sobre el acoso sexual y las acusaciones que se hacen más públicas cada día, al exhibir este trabajo a las masas sin proveer ningún tipo de clarificación, el Met está, tal vez sin intención, respaldando el voyeurismo y la cosificación de los niños”. Y llegó a estar cerca de las 9.000 firmas de apoyo. Pero el museo decidió cortar por lo sano y negar cualquier posibilidad de retirada. Incluso se negó a la petición secundaria de añadir carteles avisando de que la exposición podría ser perturbadora para algunas personas.

Pero no siempre los museos son valientes o están dispuestos a aceptar que se han equivocado. En 2018 el museo Serralves de Oporto organizó una retrospectiva de la obra de Mapplethorpe. Todo estaba preparado para la inauguración cuando el patronato de la fundación que rige el museo decidió que había 20 fotografías demasiado explícitas y procedió a su retirada. En una clara desautorización del director del museo que ellos mismos habían nombrado. Joao Ribas, el director, dimitió inmediatamente. 

La quejas, denunciando la censura, llegaron de todas partes. Pero en esta ocasión, no se rectificó y la inauguración se celebró bajo las directrices del Patronato y no bajo las que el director había establecido. 

Con estos ejemplos podemos ver, claramente, que el concepto de pornografía es difuso y “móvil”. Lo que para unos es arte para otros es pornografía y, además, sucia. Y da igual que hablemos, como hemos visto, de pintura, en la que es más posible que una imagen con desnudo se acerque a la consideración de arte, o que lo hagamos de fotografía. Donde, por contra, es más fácil que una imagen que contenga desnudos se acerque a la consideración de pornografía.

Recuperando a Martin Kemp. El profesor de arte asegura que: “Si tomas las obras eróticas japonesas, son muy explícitas, mucho más que en Occidente. Pero su nivel artístico es elevado. Son suntuosas, bellas, delicadas y refinadas. Los grabados procedentes de Japón fueron hechos por grandes maestros, incluyendo a Hokusai. Las obras en madera muestran a hombres y mujeres en ropas tan elaboradas como elaboradas son sus poses. Tenían como fin ser expuestas en burdeles pero también en casas particulares. También hay obras procedentes de China que muestran la belleza de relaciones sexuales en plácidos jardines.”

Volvemos al ejemplo de Pompeya y Herculano con la demarcación de unas fronteras, entre pornografía y arte, que son difícilmente justificables. Si visitáis el link, veréis que Hokusai representa escenas sexualmente explícitas entre humanos unas y de zoofilia otras. Una vez más, la lejanía temporal y espacial parece otorgar una pátina de respetabilidad que hace imposible que estas creaciones se “rebajen” a la categoría de pornografía. Son, para el autor, claramente arte erótico y no “esas cosas pornográficas”.

Aquí vamos a empezar a pisar charcos. Por una parte estoy de acuerdo en que estas pinturas son obras de arte según la definición de Martin Kemp. Pero también creo que son pornográficas. Y no veo el problema en que sean las dos cosas. Como no entiendo la insistencia en separar los dos conceptos por sistema. Dando por hecho, estableciéndolo como canon, que la pornografía no puede ser jamás arte.

Para el profesor inglés parece pesar, fundamentalmente, la consideración moral que separa lo erótico como bueno (tolerable, en realidad, para una mentalidad católica) de lo pornográfico como malo y perturbador

Pero también podemos extraer de su separación, entre pornografía y arte, que la primera es una creación simplista y sin ningún tipo de profundidad ni ambición. Por lo tanto reconocerle a una obra, que resulta físicamente excitante, un mérito artístico genera un problema: te arrastra a los niveles inferiores de la creación. Elimina la separación entre el barro salvaje y la élite cultivada y creativa. Imposible no mancharse.

Un ejemplo que ilustra, claramente, este empeño en mantener la separación, a toda costa, es el cuadro: “El origen del mundo” de Gustave Coubert en el Museo de Orsay. Creo que todo el mundo lo tiene en mente solo leyendo el título (o se puede visitar el link…) Un primer plano de una vagina con un generoso vello púbico. No se ve el resto de las piernas, ni los brazos, ni la cabeza de la mujer. Lo que comentábamos que en pornografía se conocía como un plano quirúrgico. Pero para el Museo y para Mary Beard, catedrática de la universidad de Cambridge especialista en estudios clásicos, no es pornografía. Es arte.

Los motivos que la catedrática inglesa aporta para esta distinción en su documental sobre la historia del desnudo en la BBC,Shock of the nude, son, cuanto menos, peculiares. Su primer motivo es que está expuesto en un museo. No sé si pensaría lo mismo si a algún director de museo se le ocurre imprimir sobre lienzo fotos de cualquier revista pornográfica, ponerles un marco con pan de oro y colgarlos en las paredes de su entidad. Estarían expuestas en un museo, ¿verdad? Ya tendrían el primer requisito para ser consideradas arte. El segundo motivo está a la misma altura. El título. Si en vez de “El origen del mundo” se llamara “El coño” no se merecería esa distinción. Siguiendo con el ejemplo. Si a nuestras fotos pornográficas impresas sobre lienzo y con marco dorado les ponemos un título pretencioso completarían la transformación “indiscutible”, y mágica, en arte. 

Pero es que la argumentación del museo, publicada en su web, para explicar porque el cuadro no es pornográfico tampoco tienen desperdicio. Dice así: “Gracias a la virtuosidad de Coubert y al refinamiento de la gama de colores ambarina ”El origen del mundo” se salva del estatuto de imagen pornográfica”. 

Todo por no aceptar que es, al mismo tiempo, una imagen pornográfica y artística. Esto no resta ni uno solo de los méritos artísticos que tiene. Y sigue mereciendo estar en el museo que está. Algo sencillo, incluso evidente, pero que aún nos resistimos a aceptar.

Esta diferenciación tiene un arraigo tan profundo que, incluso, alguien como Lady Gaga, que ha construido su fama basándose en una supuesta capacidad y deseo de transgresión, siente la necesidad de matizar que cuando posó para la portada de Paper Magazine, las fotos que había hecho con Frederik Heyman eran artísticas, no pornografía. Lady Gaga, que ha diseñado la mayor parte de sus video clips jugando con los límites de la iconografía sexual disponible. Pero eso sí: la tolerable por el mainstream. La que hace que los ejecutivos de su discográfica tuerzan el gesto, pero sin dejar de mirar como crece la cuenta de ingresos. Un paso más allá, cierto o imaginado, te puede llevar a la cancelación (de esto hablaremos en otro post). 

Viendo las imágenes parece claro que no son pornográficas. No representan ninguna actividad sexual ni parecen destinadas, salvo que seas robófilo, a provocar la excitación sexual de nadie. Son un ejercicio de provocación básico. Algo casi rutinario destinado a un consumidor deseoso de ser impactado y predispuesto a ello.

No se nos debe escapar, como no se le escapa a ella ni a su equipo de asesores, el innegable atractivo que ejerce el desnudo, mayoritariamente femenino todavía, como factor definitivo a la hora de decidir determinado tipo de compras. Y esa promesa de sexo no mostrado, que impulsa a adquirir el “contenedor” de las imágenes, en este caso la revista, es lo que cataloga las fotografías, sin duda, de eróticas. El titular de Lady Gaga utilizando la palabra: “pornografía” no solo es una defensa preventiva, también forma parte de la estrategia. Siembra la duda en el espectador: “Ya he visto la portada en el quiosco, pero ¿cómo serán las fotos del interior para que haya tenido que decir eso?”

La pornografia, eso de lo que abominamos en público, pero corremos a consumir en cuanto no mira nadie. Infalible como cebo para consumidores de todo tipo. 

Por cierto, como apunte de nuestra extrema hipocresía en lo que se refiere al porno y al consumo del mismo. Siempre que ha habido dos formatos de video disponibles, peleando por imponerse, la balanza se ha inclinado a favor del que la industria del porno ha elegido. Cuanto menos curioso… Sobre todo teniendo en cuenta que estamos hablando de un tipo de contenido que casi nadie admite que ve. Pero con unas cifras de consumo lo suficientemente grandes como para imponer un formato sobre otro. Alguien no está diciendo la verdad. 

Hagamos un experimento… aunque solo sea en nuestra imaginación. La belleza de las imágenes es una cuestión personal dejaremos eso al margen. Pero si Lady Gaga tuviera una mano metida entre las piernas, en una de las fotos… Si en esa foto tuviera una mirada, al espectador, insinuante, la boca abierta en una simulación de jadeo… Con solo esos cambios la foto, para la mayoría de vosotros, pasaría a ser pornográfica, porque buscaría excitarnos ¿verdad? Con la definición de la RAE en la mano podríamos hacerlo sin temor a que se nos acusara de nada. 

Bien hasta ahí. Pero, ¿el trabajo de Frederik Heyman dejaría de tener la calidad, sea esta la que sea, que tenía antes de los cambios? ¿La “caída” en la pornografía despojaría, automáticamente, a la imagen de cualquier posibilidad artística? Composición, iluminación, idea, concepto… Nada habría variado excepto los detalles indicados. ¿Por qué, entonces…? ¿Por mostrar algo que puede ser agresivo para nuestra educación? También “Los fusilamientos del 3 de Mayo” de Goya es un cuadro agresivo, nos muestra la muerte en directo, pero como no hay sexo le permitimos el acceso al arte. 

Detengámonos aunque solo sea un poco en ello. Ver como una bala de mosquetón destroza el pecho de un hombre que, sin duda, va a morir nos estremece; aunque no tenemos ninguna dificultad en considerarlo arte. Pero ver una práctica sexual de manera explícita nos repugna (al menos en la manifestación pública que hacemos de la observación) y ni le damos la posibilidad, ya no de ser considerada arte, de ser, simplemente, mirada con espíritu crítico.

Y ese espíritu debería de ser insobornable e indiscutible. Porque, de no ser así, el David de Miguel Ángel no habría llegado hasta nuestros días. Cuando se presentó en público generó un escándalo tan grande que fue apedreado durante los cuatro días que duró el traslado desde el taller hasta su emplazamiento. Hubo que taparle los genitales con un cinturón y posteriormente con una hoja de parra para calmar los ánimos del pueblo que pedía la destrucción de la estatua. Algo, tristemente parecido a lo que ahora se pide y consigue, pero que, afortunadamente no sucedió en aquel año de 1504.

No se puede negar que la pornografía es un disciplina que se ha orientado mayoritariamente a la practicidad. Es decir: se espera que proporcione excitación y los creadores que se dedican a ella se entregan a ese objetivo despojando a sus creaciones de cualquier elemento superfluo que “distraiga” al espectador y, en consecuencia, pueda reducir la excitación. No en vano hay un tipo de toma que se conoce como “plano quirúrgico”. Cero contexto, cero intención… solo partes sexuales del cuerpo en primer, primerísimo, de hecho, plano.

Esto es así de manera abrumadoramente mayoritaria. y negarlo sería de ciegos. Pero, que el género esté lleno de basura no inhabilita al mismo para poder contener calidad e, incluso arte

Hagamos un aparte pertinente… creo. Imagino que todos estaremos de acuerdo en la superpoblación de fotógrafos que el digital ha traído consigo y la avalancha de contenido fotográfico con el que Facebook y, sobre todo, Instagram han inundado el mundo.

Creo que tampoco discutiremos mucho si digo que la gran mayoría de ese contenido fotográfico es de una calidad discutible… Nula, seamos sinceros. Si sometemos una de esas imágenes a Tineye nos devolverá millones de resultados iguales en composición, paleta de color, localización… todos quieren hacer la misma foto en la estúpida creencia que nadie notará que es una copia, de una copia, de una copia de un original que copia un clásico…

Esto hablando de fotografías con un mínimo de calidad técnica. Dejaremos fuera las que, directamente, las podría haber disparado la mascota del propietario de la cámara… Aunque probablemente las habría hecho mejor. 

Toneladas de basura visual elevadas a la popularidad por millones de analfabetos digitales espoleados por gurús “adanizados” incapaces de mirar más atrás de la fecha de la noche en la que, entre alcohol y algún químico extra, decidieron que eran artistas e iban a salvar al mundo de la oscuridad. 

Hasta aquí podríamos estar de acuerdo. Pero, no pintemos en blanco y negro. ¿Es imposible encontrar entre todo este vertedero, que no deja de crecer, calidad… arte?

Sí, rotundamente sí. Es posible.

Cierto es que hay que cavar mucho y muy profundo. Pero en Instagram se pueden encontrar trabajos realmente interesantes. Creadores con obras profundamente inspiradoras, propuestas nuevas y radicales que te obligan a pararte y repensar lo que haces… Algo parecido a lo que sucede cuando vas a un museo a ver una exposición que no tenga patrocinio, de las que montan, las propias entidades, para enseñar el músculo de sus fondos… Sales con millones de dudas. Has visto tanta creatividad, tanta imaginación y tanta calidad en la plasmación de las ideas que el ego que puedas tener se ha ido por el desagüe… 

Esas exposiciones y esos creadores ocultos en Instagram.

Un pequeño salto atrás, para volver a centrar esto. El panorama de las creaciones pornográficas, especialmente en lo que corresponde al video, ¿no os recuerda, formalmente, a lo descrito de Facebook e Instagram?

Es lo mismo. Basura a toneladas diarias. Y, como he dicho, la pornografía en video se ha entregado, lógicamente por otra parte, a criterios de comercialización y ahí no hay lugar para el arte. Es un mercado directo, de millones de consumidores mundiales, aunque jamás lo confiesen, a los que hay que alimentar para que el dinero no deje de fluir… así que, en esta parte, no se puede esperar más que productos a medida de lo que el mercado vaya requiriendo… y el mercado, aquí y en cualquier otra parte, difícilmente requiere arte

Pero si hablamos de fotografía… que en el fondo es de lo que se habla aquí ¿Qué impide que una fotografía que represente una escena sexual sea arte? ¿Qué nos excite? ¿Es la excitación la última frontera del arte? ¿El punto que marca la separación entre la cultura y la barbarie llena de fluidos?

En realidad estamos reconociendo implícitamente nuestra incapacidad para controlar nuestros instintos más básicos. Frente a una excitación de tipo sexual no sabemos controlarnos y nos arrastra la lujuria y el pecado… 

Un momento. ¿Lujuria y pecado? Eso les valdría a nuestros padres que crecieron en un entorno catolico y represor. Pero ahora… supuestamente hemos avanzado, nos hemos despojado de los límites que nos marcaba una moral restrictiva. Nuestra educación ha sido más abierta.

O no…

Ahora se le pide a los artistas que sean comprometidos, que sus creaciones hablen, y por supuesto denuncien con claridad, el cambio climático, las crisis de los refugiados, las diferentes agresiones que sufre cualquier minoría… Pero con dos condiciones. Que uno se pueda hacer un selfie, seguro, delante de la obra creada y que esta exponga un mensaje claro y moralmente incontestable

Y ahí está el problema. La pornografía puede servir para denunciar y dar visibilidad a cuestiones sociales (adivina donde se vio la primera pareja interracial en una pantalla…) Pero no te puedes hacer un selfie delante de un cuadro como el que comentaba al principio, “Teresa soñando”, de Balthus, sin provocar el rechazo, cuando no la ira, de parte de tus seguidores en las redes sociales. Tampoco es incontestable. En el mundo del erotismo, más aún en la pornografía, los fondos y las formas admiten interpretaciones. No es un terreno seguro como puede serlo el “arte comprometido”… 

Arte que, por cierto, como ya comente en otro post, no se puede contestar si no quieres que se te cancele. Y en realidad estamos frente a un caso parecido al de la pornografía: cantidades ingentes de morralla con alguna perla rescatable. Pero con la ventaja de contar con la aceptación de los nuevos gurús del arte comprometido. Neopuritanos en realidad. Hijos de esa “educación abierta” que en realidad no lo fue.

De nuevo estamos viviendo, como ya pasó en los años 30, con el nacimiento del realismo social, una imposición de la moral sobre la cultura. Todo se supedita a un supuesto rigor moral y el terreno, antes libre, de la cultura se llena de señalados, de advertencias, de barro, de cancelaciones… Una cosa es que los gurús pidan a sus seguidores que prioricen y sigan a determinados creadores y otra, muy distinta que se los intente eliminar, culturalmente hablando. Y esta es la situación actual. Un hiperrealismo moral que obliga a representar la sociedad como algo bueno y virtuoso y denunciar, solo, las injusticias que señala este hiperrealismo moral, de manera inequívoca.

Pero yo lo siento. Yo no. Yo busco belleza y no me impide el paso los complejos y los problemas de otros. Si la belleza está en una imagen que me parece excitante no me ocultaré ni diré que no me gusta. Y creo que hay que defender la libertad de cualquier creador a optar por una obra incómoda socialmente.

La pornografía y el arte no son compartimentos estancos. Las paredes entre ambos son porosas. Puedes optar por no verlo, como también puedes optar por taparte un ojo y solo mirar con uno. Aunque podrías hacerlo con los dos. 

Augusto Rodin dijo: “En el arte, la inmoralidad no puede existir. El arte es siempre sagrado

¿De qué tenéis miedo?

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